¿Innovación o invasión? El dilema de los lentes inteligentes
Autoría: Tamara Blanca Castillo
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Muchos de nosotros vivimos la espera del famoso revelado de las fotografías. Era todo un ritual en los viajes de antes: llegabas a casa con el carrete lleno, lo llevabas al laboratorio y tenías que esperar tres o cuatro días hasta que, finalmente, aparecía el sobre con las fotografías.
Y entonces llegaba la magia. Sentarse en familia a mirarlas, descubrir que la fotografía del atardecer en la playa sí había salido o encontrarse con que aquella foto frente al monumento había quedado completamente movida. La espera también formaba parte de la experiencia.
La fotografía no era un archivo que se descargaba inmediatamente. No existía la posibilidad de hacer miles de tomas hasta llegar a la perfecta. Había malos enfoques, ojos cerrados y fotografías sobreexpuestas. Y precisamente esa captura se convertía en recuerdo inmemorable.
Cuando estudié Ciencias de la Comunicación, una de las materias que más me emocionaba era Fotografía, y me tocó vivir de cerca esa transformación. Pasamos de depender del revelado a utilizar cámaras digitales que ofrecían mejores colores y contrastes.
También viví otra transformación, pasamos de aquellos estudios de televisión repletos de switches, teclados y botones, donde había prácticamente un operador para cada función, a estudios de una sola computadora y un croma verde.
Estoy segura de que cada generación podría contar una historia similar. La tecnología ha transformado nuestra manera de relacionarnos, así que sería absurdo negar sus beneficios, ésta puede ser extraordinaria. Pero precisamente por eso vale la pena preguntarnos: ¿qué nos da y qué nos cobra?
Porque la tecnología nos ha acostumbrado a la inmediatez. Ya no esperamos fotografías, noticias o videos. Todo está disponible aquí y ahora, pero también corremos el riesgo de perder algo que antes formaba parte de nuestra experiencia: la espera, la incertidumbre, el asombro y, sobre todo, la conciencia de que no todo tiene que ser registrado. Había experiencias que solo se quedaban grabada en nuestra memoria.
Un ejemplo que particularmente me preocupa es la llegada de los lentes Meta. Estos dispositivos permiten tomar fotografías y grabar video prácticamente desde nuestra propia perspectiva, sin necesidad de sacar el teléfono. Su atractivo no está únicamente en el diseño, sino también en la posibilidad de utilizarlos con las manos libres, acceder a la cámara de manera inmediata y registrar aquello que estamos viendo en tiempo real.
Mark Zuckerberg, director ejecutivo de Meta, los describió como uno de los productos de electrónica de consumo de más rápido crecimiento en la historia. Y quizá tenga razón. Pero el crecimiento no siempre significa progreso, y la velocidad no siempre significa avance. Deberíamos cuestionarnos algo que va más allá de qué tan buena es la cámara o cuánto almacenamiento tiene, sino ¿qué sucede con las personas que están frente a nosotros?
Porque una cámara en un móvil, aunque también puede utilizarse de manera invasiva, generalmente nos permite identificar el momento en que alguien está grabando. Con unos lentes Meta se vuelve mucho más difícil de distinguir. Una persona puede estar cambiándose en los vestidores de un gimnasio y ser grabada sin siquiera percatarse de que está siendo registrada y es aquí donde aparece un problema, más allá de la innovación tecnología, nos está arrebatando la privacidad. ¿Qué ocurre cuando una conversación privada termina almacenada en un dispositivo? ¿Qué derechos tenemos sobre nuestra propia imagen cuando otra persona puede capturarla de manera prácticamente invisible?
No se trata de satanizar el progreso. Tampoco de afirmar que la tecnología es peligrosa. Se trata de reconocer que cada tecnología nos da algo y, al mismo tiempo, nos cobra algo.
La cámara digital nos dio inmediatez, nos acostumbró a repetir y a buscar la perfección. Los teléfonos móviles nos dieron la posibilidad de llevar una cámara en el bolsillo y, al mismo tiempo, convirtieron casi cualquier momento de nuestra vida en contenido para las redes sociales.
Ahora, con los lentes inteligentes, ni siquiera es necesario sacar el teléfono: podemos grabar aquello que tenemos frente a nosotros. Aquí deberíamos detenernos un momento. No para rechazar la tecnología, sino para aprender a utilizarla con responsabilidad y ética. Especialmente cuando estos dispositivos llegan a manos de adolescentes y jóvenes, quienes están creciendo en un mundo donde cada vez más aspectos de su vida pueden quedar grabados y compartidos.
Estamos ante el riesgo de normalizar una forma de vigilancia cotidiana. ¿En qué momento dejamos de tener control sobre nuestra propia imagen, nuestra voz y nuestros espacios privados? ¿Qué sucede cuando ya no sabemos cuándo estamos siendo grabados?
Tal vez el verdadero progreso no consista en poder grabarlo todo, sino en tener la libertad de decidir qué momentos queremos conservar y cuáles, simplemente, queremos vivir.