Elogio de la infelicidad de nuestras juventudes
Autoría: Leopoldo Díaz Mortera
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Cuando niño, me gustaba estar triste porque sentía que mi madre me daba una atención especial y un trato diferenciado. En la adolescencia, estar triste fue una manera de distinguirme del resto, de cumplir el mandato de singularidad que exige la propia etapa en la que deseamos distinguirnos de los otros. Cuando era adulto transité de una tristeza provocada por el despropósito de una vida vacía de sentido a una tristeza provocada más bien por la contemplación de una vida en la que era incapaz de reconocer mi posibilidad para incidir en el mundo que me parecía sumamente doloroso y frío. Quizá la infelicidad fue una manera de hacerme humilde ante la desgracia propia y ajena y la tristeza la forma de diferenciarme de los demás, como en los versos de Benedetti, un hombre alegre es uno más en el coro de hombres alegres, pero un hombre triste no se parece a ningún otro hombre triste.
¿Qué significa querer que nuestros hijos sean felices? ¿Felices a costa de qué, de la ignorancia, el autoengaño o el sufrimiento de otras personas? ¿Para qué queremos hijos felices? Tal vez para sentir que hacemos un buen trabajo como padres o madres o convencernos que valió la pena traerles a este mundo. Quizá la felicidad de los otros no es una meta en sí, sino la manera de lidiar con nuestras propias frustraciones y temores, pero también es lo que se espera de nosotros en una cultura que desvirtúa la idea de felicidad pasando de ese bien supremo relacionado con la satisfacción de vivir una vida plena y con propósito a estas alegrías efímeras que llamamos ahora felicidad.
Como padres y madres de familia, docentes, miembros de una comunidad, pensamos algunas veces con lucidez en la responsabilidad que tenemos con las infancias y juventudes a nuestro cargo. La primera trampa es creer que tenemos que evitarles el dolor y alejarlos de cualquier angustia o sufrimiento en lugar de ensañarles a afrontarlos, lidiar con ellos y superarlos. Es importante validar todas sus emociones, en especial aquellas que incomodan, que pueden llegar a provocarnos un vacío de sentido: como el dolor, la tristeza o la angustia, que en su experiencia extrema pueden llevarnos a pensar en la muerte como única salida para remediar el sufrimiento.
Sin embargo, creemos importante aprender a ser infelices, abrazar la infelicidad, no como un anhelo al que aspiramos o una emoción que se busca, sino como el resultado de una experiencia inevitable. Vivir implica que, a lo largo de nuestra existencia, en nuestro breve y fugaz paso por el mundo, seremos felices e infelices muchas veces, pero quizá es una pérdida de tiempo perseguir la felicidad cuando esta llega mientras vivimos, quizá es más importante enseñarles a nuestros jóvenes a encontrar sentido en lo que hacen y descubrir plenitud en quienes son, para dejar de buscar el placer o escapar del dolor como el fin en sí mismo de la vida. Si la infelicidad y la frustración son parte inevitable de la vida, resulta más sensato aprender a abrazar la incertidumbre y lidiar con las complejidades de una vida de claroscuros.
¿Qué significa acompañar la infelicidad de nuestras infancias y juventudes? Escuchar lo que les duele y darles herramientas para aceptar la frustración y la angustia considerando sus particularidades y las de sus momentos de vida, haciéndoles saber que no son los primeros ni los únicos que enfrentarán dificultades y ayudarles a descubrir que, así como la felicidad, lo incómodo y doloroso también pasará, como decía María Rilke «Deja que todo te suceda: la belleza y el terror. Simplemente sigue adelante. Ningún sentimiento es definitivo». Eso es más valioso que anestesiar sus dolores y enseñarles a ignorar su fragilidad, para que la infelicidad no se vuelva amargura ni derrota.
Si queremos juventudes que descubran en la contemplación de un mundo herido los resquicios por los que se cuela la esperanza, debemos abrazar las contradicciones que nos hacen humanos, no negarlas. Porque la infelicidad puede ser la antesala de la inconformidad para cambiar las estructuras que sostienen la injusticia social y la violencia. Por eso deseamos juventudes que renuncien a la felicidad como único mandato por el que están en este mundo. De esta manera, ni la felicidad, ni ningún otro tipo de optimismo nos llevará a creer que no podemos ser plenos mientras navegamos las tribulaciones en medio del invierno y descubrimos dentro de nosotros, un verano invencible diría Camus.