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Reunión familiar
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El vacío de la ayuda (des)interesada

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Nuestras relaciones sociales han empobrecido. Hoy se enaltece al individuo y se desconoce a El Otro fuera del margen en el que nos es útil.

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Nuestras relaciones sociales han empobrecido. Hoy se enaltece al individuo y se desconoce a El Otro fuera del margen en el que nos es útil. Esta era a la que Gilles Lipovetsky le da el carácter de hiper-individualismo se reproduce en las esferas más pequeñas de nuestra sociedad, así como en aquellas a nivel macro. Pese a esta realidad, existen impulsos que llaman a la solidaridad espontánea, la cual se presenta en forma de ayuda desinteresada.  

La ayuda desinteresada desconoce dentro de la prestación de su actuar cualquier tipo de interés, es decir, cualquier valor lucrativo que pueda ser recuperado de ella. Así pues, el único valor que adquiere es aquel que el receptor le da. Uno puede imaginar un mundo de matices dentro de la ayuda desinteresada, y en efecto (o en su defecto), el tipo de ayuda (des)interesada es la que se ha vuelto plausible. 

En ambas escalas (micro y macro) el egoísmo es quien se sobrepone en nuestro actuar, ya sea disfrazándose de altruismo o bien siendo institucionalizado. Es valioso resaltar que esta yuxtaposición no da por sentado la naturaleza egoísta del ser humano, en vez, identifica una hegemonía cultural reproducida por el sistema político y económico que cultiva el mal de la ambición. En este sentido, la ayuda (des)interesada puede convertirse en una ventana para esclarecer la conciencia y en una herramienta de poder; ambas dándole un sentido estratégico producido por una lógica que busca dentro de su particularidad una respuesta a los problemas de la sociedad.

La falta de comprensión, o el desinterés por ella, hace infértil la tierra que se espera florezca. Por ello, nuestra relación con El Otro se limita a una respuesta superficial que no atiende a necesidades verdaderas. Abandonando nuestro actuar en un plano imaginario que nos desconecta del contexto que envuelve a injusticias y desigualdades en el mundo. Este espacio es ideal para mencionar aquellas empresas que esperan enmendar (o esconder) sus errores a través de fundaciones, de operaciones de ayuda humanitaria que no desafían el orden económico que se sostiene en detrimento de muchos, de programas gubernamentales que mantienen en el poder a oligarquías, de manipuladores de opinión (influencers) que buscan un reconocimiento que se pueda monetizar, y de usuarios que exploran realidades complejas a través de los lentes de quienes poseen y ostentan el poder.  

Estos son algunos de los ejemplos que me dirigen a la siguiente pregunta: ¿la ayuda (des)interesada alivia la situación o la conciencia? 

El individualismo alimentado por la avaricia inhibe nuestro actuar, puesto que nuestro entendimiento referente a las necesidades de El Otro queda suspendido en nosotros mismos. He ahí el vacío de la ayuda (des)interesada, ya que en tanto ésta adquiera su forma a partir de lo que nosotros determinemos como solución para un problema que tratemos como ajeno, es cuestión de tiempo para que se desintegre. Así pues, una vez hemos saciado nuestra hambre de avaricia, la ayuda (des)interesada pierde la materia que la compuso, dado que ésta fue transferida de regreso a su emisor.  

La ayuda (des)interesada empobrece a nuestra sociedad. El tipo de ayuda que es fugaz en nuestras manos no tiene cabida en un tejido social que tiene heridas en tierras profundas que siguen siendo incomprendidas. Debemos superar la visión del mundo en el cual los más poderosos se embriagan con el ideario del “yo”. Repensar nuestras motivaciones no solo significa nuevas acciones, sino nuevas personas con un desarrollo de conciencia que puedan exigir revaloraciones y estándares para nuestra convivencia. Un nuevo camino no puede ser construido sin la apertura a la experiencia de los demás y sin el interés en ella, ya que El Otro no es un objeto de instrumentalización, sino un reflejo de lo que nosotros construimos y hacemos de nuestra comunidad societal. 

Quizás, en el camino encontremos el verdadero valor de la ayuda que no necesita de etiquetas para diferenciarse de aquella que es (des)interesada porque no tiene a quién rendir cuentas. De este modo, haciendo que la vacuidad de la solidaridad se supere encontrando la finalidad dentro de nuestra intención y no de nuestro interés. Ayudar no es un ejercicio de poder ni un servicio para adquirir ganancias, sino una expresión de empatía y corresponsabilidad. Una sociedad fragmentada emprende una búsqueda por el protagonismo, mientras que una sociedad solidaria la emprende por una convivencia interesada en El Otro.

Publicado originalmente en MTP Noticias.
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Material gráfico
Misael Chirino Durán
Fotografía
Ramón Tecólt González

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