
La persistencia de los exámenes: impactos, focos rojos y alternativas para una mejor evaluación
Autoría: Tamara Paola Caballero Guichard
Comparte:
Recientemente platicaba con una madre sobre el desempeño de su hija en el primer año de primaria, y me sorprendió su impresión respecto al cambio en la dinámica escolar: una enseñanza centrada en exámenes escritos. Su angustia radicaba en que su hija, quien apenas estaba comenzando a leer, obtenía notas bajas. Este caso particular refleja la realidad de la educación básica en nuestro país, donde la enseñanza y la evaluación siguen estando dominadas por pruebas escritas, desdibujando las intenciones oficiales de fomentar una evaluación formativa que valore los desempeños de los estudiantes y brinde acompañamiento y retroalimentación en el día a día.
La intención de este artículo no es satanizar los exámenes, sino reflexionar sobre su impacto y sus limitaciones en el aprendizaje. De acuerdo con la clasificación propuesta por Felipe Martínez Rizo en una conferencia de hace algunos años, los exámenes son un instrumento de evaluación útil para medir la memorización y mecanización de contenidos. Si incluyen preguntas abiertas o estudios de caso, pueden alcanzar procesos de razonamiento más complejos. Sin embargo, difícilmente dan cuenta de la movilización de saberes y habilidades para resolver problemas reales.
Además, los exámenes presentan ciertas condiciones para su aplicación: requieren habilidades de lectura y escritura, así como la capacidad de gestionar el tiempo y la presión. Esto resulta especialmente problemático en los primeros años de escolaridad, donde los niños aún están en proceso de desarrollar estas habilidades. Así, la evaluación basada en pruebas escritas no solo limita la visibilidad de otros procesos de aprendizaje, sino que también genera desigualdades entre los estudiantes con diferentes niveles de desarrollo.
Sumado a estos alcances limitados, el problema de estos instrumentos de evaluación también radica en el uso que se les ha dado dentro de la cultura escolar. En muchos casos, la calificación obtenida en estos exámenes se convierte en el único indicador del desempeño del estudiante, determinando su valía académica y afectando su autoconcepto. Este modelo genera ansiedad, frustración y la construcción de creencias negativas sobre ciertas materias, lo que puede impactar en la motivación y el desarrollo del aprendizaje.
Frente a este panorama de la evaluación al interior a las escuelas, la evaluación formativa se presenta como una alternativa para valorar el aprendizaje de manera más integral. Este tipo de evaluación permite acompañar el proceso de enseñanza-aprendizaje en tiempo real, brindando retroalimentación constante a los estudiantes y ajustando las estrategias pedagógicas según sus necesidades. A través de la observación, la autoevaluación y la coevaluación, la evaluación formativa fomenta un aprendizaje más reflexivo y significativo.
Uno de los principales beneficios de la evaluación formativa es que permite identificar dificultades en el aprendizaje de manera oportuna, lo que facilita la intervención temprana y contribuye a evitar que se exacerbe el rezago educativo. Asimismo, promueve el desarrollo de habilidades metacognitivas, ya que los estudiantes aprenden a reconocer sus propios procesos de aprendizaje y a mejorar su desempeño de forma autónoma. Además, al centrarse en el proceso más que en el resultado, reduce la ansiedad y el estrés asociados a los exámenes tradicionales.
Algunas estrategias para integrar la evaluación formativa incluyen la observación sistemática mediante instrumentos que registren el progreso de los estudiantes, el uso de rúbricas simples y listas de cotejo para valorar el aprendizaje de manera cualitativa en lugar de limitarse a una calificación numérica. También pueden incorporarse enfoques como la gamificación, que motiva a los estudiantes a participar activamente en su proceso de aprendizaje, y el registro fotográfico, que documenta sus avances de manera visual.
Además, se pueden implementar estrategias como el aprendizaje entre pares, donde los estudiantes colaboran y se retroalimentan mutuamente; termómetros de autoevaluación, que les permiten expresar su nivel de comprensión; y espacios de trabajo y reflexión, donde analizan sus logros, dificultades y estrategias para mejorar.
Finalmente, puedo decir que transitar hacia una evaluación formativa es una tarea compleja, pues implica replantear tanto los mecanismos de rendición de cuentas como los periodos de evaluación establecidos. También requiere modificar el tipo de actividades y proyectos que se diseñan para los estudiantes, promoviendo una enseñanza centrada en la comprensión, la experimentación y la construcción de conocimientos.