Las últimas infancias campesinas de Cuautlancingo
Autoría: Ericka Ileana Escalante Izeta
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Cuautlancingo es el municipio que ha experimentado el mayor crecimiento demográfico de la zona metropolitana de Puebla, registrando un incremento del 73.6 por ciento en una década.
Este proceso generó profundas transformaciones en el tejido social del territorio: la llegada de nuevos residentes, el abandono progresivo del cultivo de la tierra y la construcción desordenada de fraccionamientos. A ello se suma un cambio productivo radical: la agricultura, que durante el siglo XX caracterizó a la región, fue desplazada por el establecimiento de automotoras y corredores industriales.
Pero la vida no siempre fue así para quienes nacieron y crecieron en el municipio hace más de sesenta años. En un estudio que realicé en la Universidad Iberoamericana Puebla he documentado las historias de vida de mujeres, hijas de familias campesinas.
Ellas recuerdan una infancia que transcurrió entre árboles frutales, maizales, ríos vivos y manantiales donde aún era posible pescar. Las tierras familiares se cultivaban para no pasar hambre, y los excedentes se vendían en la ciudad de Puebla o en Cholula. Siempre había algo para compartir. No faltaban las manzanas, las peras, los chayotes, las verdolagas, las cacamas, el maíz, el chile, los quelites o los frijoles. No había lujos, pero tampoco faltaba la comida.
Sus madres confeccionaban la ropa para toda la familia. Las prendas pasaban de las hermanas mayores a las menores. Las más afortunadas usaban zapatos; la mayoría caminaba descalza. La vida era dura. Había que levantarse antes del amanecer para ayudar en el campo, asistir después a la escuela y regresar por la tarde para continuar con las labores del hogar y, si quedaba tiempo, jugar. Los juegos infantiles ocurrían en el campo, bajo la sombra de los árboles, entre ramas, insectos y piedras. No hacían falta juguetes; la imaginación bastaba.
Vida campesina, desplazada por la urbanización
Con el paso de los años, la vida se volvía más compleja. Algunas apenas concluían la primaria. Se “juntaban” siendo muy jóvenes. Llegaban la pareja, el amor y los primeros encuentros íntimos a la sombra de las milpas. Aprender a guisar, cambiar de familia, trabajar, criar a los hijos, cuidar al marido y enfrentar su alcoholismo formaban parte de la vida cotidiana. Solo muy pocas de estas mujeres fuertes lograron estudiar, hacer una carrera o conformar un patrimonio.
Ahora, en la vejez, añoran aquella existencia sencilla. Todo cambió. Ya no hay espacios para sembrar. La relación con la milpa, el campo y la naturaleza casi se ha perdido. Las calles están llenas de automóviles y ellas dependen de un transporte público de mala calidad.
Ya no hay lavaderos porque ya casi no alcanza el agua. No existen ya los manantiales; en el último que queda en la zona, harán un parque temático de dinosaurios, ¡justo lo que necesitaban! Los nietos necesitan sol, aire, árboles e identidad, pero a las familias de Cuautlancingo poco a poco les han ido quitando casi todo lo valioso en nombre del progreso. Algunos cuantos se enriquecieron, principalmente los políticos. La mayoría de las familias vendió sus terrenos. Los últimos ejidatarios firman convenios que ofrecen espejos a cambio de continuar entregando la tierra del pueblo a las inmobiliarias.
Todo esto ocurre ante los ojos de una generación que vio desaparecer el mundo en el que creció: la última generación de infancias campesinas de Cuautlancingo.