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El Estado ¿está perdido?

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Cuando la izquierda no cumple con las demandas sociales, conviene preguntarse: ¿el problema está en el gobierno o en el Estado que esperamos que transforme?

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El pasado 4 de octubre, Brasil celebró su jornada electoral para elegir al próximo presidente. Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal, superó por casi dos puntos porcentuales a Luiz Inácio Lula da Silva, candidato del Partido de los Trabajadores y actual mandatario.Como ninguno de los candidatos alcanzó el 50% de votos válidos, la segunda vuelta se celebrará el próximo 25 de octubre para definir la corriente política que gobernará a uno de los países más importantes del continente.

Aunque Lula era el favorito en las encuestas, contra los pronóstico ganó en la primera vuelta el bolsonarismo, aunque moderado. Flávio en numerosas ocasiones ha manifestado su afinidad a la fe cristiana y a los valores conservadores asociados a la familia “tradicional”, y al mismo tiempo defiende una política económica de orientación liberal. Su programa de gobierno también contempla algunas medidas en materia de salud e inclusión social, pero en materia de diversidad de género mantiene posiciones conservadoras, como su propuesta de reservar las categorías deportivas femeninas a personas de sexo femenino, excluyendo a mujeres trans.

Simbólicamente, el triunfo representa una confrontación directa con los movimientos de izquierda en toda América Latina, y son diversas las circunstancias que pueden llevar a muchas personas a regresar a la derecha conservadora como estructura ideológica del gobierno.

Quizá parte del cambio radica en la expectativa, casi mesiánica, que se deposita en los gobiernos de izquierda. Existe una tendencia humana a buscar personas capaces de transformar las desigualdades que el propio sistema genera: falta de empleo, de seguridad social, de vivienda digna o de una administración burocrática eficaz. El punto importante es analizar si los problemas residen del todo en el Estado, o si participa el propio sistema económico en el que estamos inmersos. El sistema capitalista, atravesado históricamente por estructuras coloniales, genera desigualdades porque opera desde ellas: quienes más concentran riqueza tienen mayor capacidad de influir en las reglas. Frente a esto, poco pueden hacer las presidencias, por más de izquierda que sean, porque el Estado contemporáneo se fundamenta sobre la importancia del capital.

Conviene también analizar si el Estado está estructuralmente atado al sistema económico capitalista, porque reprocharle a la izquierda no haber transformado las desigualdades, es reprocharle algo de muy difícil realización. El fracaso no es solamente de las izquierdas, sino de los discursos que confunden al gobierno con una transformación sistémica. Este vacío es el que aprovechan las derechas para ofrecer orden y estabilidad.

Estudios recientes de Metroscopia sugieren que una parte de la población de España y Argentina, en situación de precariedad, ha cambiado sus preferencias políticas hacia opciones de derecha, atraída, entre otras cosas, por sus promesas de estabilidad. Este cambio podría explicarse por la incapacidad atribuida a la izquierda para transformar sus condiciones de vida, lo que ha llevado a estos sectores a buscar alternativas políticas capaces de ofrecer soluciones efectivas a sus necesidades.

Otro factor importante es el peso que está retomando lo ideológico en la construcción del Estado. Así como las monarquías absolutistas fundamentaban sus decisiones en interpretaciones bíblicas o disposiciones cuasidivinas, hoy se recurre nuevamente a valores religiosos para legitimar determinadas decisiones políticas, presentándolas como acordes con la voluntad de Dios. Nada nuevo hay bajo el sol: reaparece, bajo nuevas formas, el problema hobbesiano de subordinar la doctrina religiosa al poder político, evitando la coexistencia de dos lealtades humanas contrarias, concentrándolas en una sola: la del Estado.

Finalmente, otro factor es la igualdad democrática. Tocqueville ya advertía que la igualdad democrática podía favorecer un individualismo centrado en el bienestar propio y del círculo inmediato. Con derechos humanos básicos reconocidos, aunados al acceso inmediato de información mediante redes sociales, la perspectiva de bienestar se ajusta al paradigma occidental del desarrollo. A ello se suma la institucionalización de las demandas sociales, pues el Estado incorpora demandas colectivas mediante el reconocimiento de derechos, reduciendo la capacidad de movilización social sin transformar necesariamente las causas estructurales de las desigualdades. Así muchas personas dejan de identificarse con necesidades sociales que no viven en carne propia, mientras se consolida la demanda de estabilidad y crecimiento económico, ignorando las luchas de trascendencia histórica.

Debemos analizar todas las causas e incluso tener posturas distintas, pero, ante todo, evitar caer en la apatía política. Nuestra estabilidad individual no debe traducirse en indiferencia hacia lo ajeno porque, como dijo Rousseau: “tan pronto como alguien dice de los asuntos del Estado: ‘¿qué me importa?’, se debe considerar que el Estado está perdido”.

Publicado originalmente en Ambas Manos.
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Material gráfico
Misael Chirino Durán
Fotografía
Ramón Tecólt González

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